domingo, 31 de mayo de 2009

JANIS JOPLIN 2009



Recuerdo bien aquella tarde de verano en que la conocí. Acababa yo de cumplir 17 años, de ingresar a Estudios Generales Letras de la PUCP y en dicha ocasión me encontraba en la primera clase del curso de Introducción a las Ciencias Sociales. Luego que la profesora nos detallara el contenido del mismo y la metodología de calificación, dispuso que todos nos organizáramos en grupos de seis alumnos para hacer un trabajo. Junto a mis compañeros de banca, a quienes acababa de conocer, busqué entre la multitud de cachimbos a potenciales compañeros de grupo, y así entre la muchedumbre divisé a Pipina la breve, la bajita, mi amiga de la Pre. Se encontraba sentada adelante de la clase junto a un tal José Luis (mas adelante conocido como "el cura") y a una niña desconocida, bastante pálida, sumamente delgada pero con unas caderas memorables; de sonrisa enorme, gafas con montura de carey y apariencia bastante bizarra. Con el correr de las clases y las primeras tertulias, descubrí que ella gustaba mucho de leer y escribir poesía (recuerdo su famoso cuaderno naranja), que amaba la música de los sesentas, pero sobretodo a The Beatles y Janis Joplin. Que estuvo en un colegio de mujeres, que venía de romper con quien fuera su primer enamorado (un pelucón mayor que nosotros, baterista de una banda sin propósito) y que se propuso luego conquistar al muchacho mas nerd y patético de la clase con el único propósito de satisfacer su propia curiosidad. Formamos parte del mismo grupo de amigos y al poco tiempo nos volvimos inseparables. Yo, que recién acababa de salir de la caverna, encontré en ella a una maestra de la vida, a alguien con un sinnúmero de anécdotas e ideas relacionadas al arte, la gente, la música, el amor, el sexo. Una artista que no temía expresar sus ideas y mostrarse al mundo tal cual es, llegando a estar considerada entre las mujeres más raras de la facultad y generando por tanto la curiosidad de más de un joven afanador. Ella encontró en mí al cómplice que siempre estaba allí para escucharle decir esos comentarios que nadie más entendía, verla llorar a causa de sus tragedias amorosas y familiares, y hasta para ponerle títulos a sus poemas, con los cuales obtuvo a sus 17 un honorable segundo lugar en los Juegos Florales de la PUCP (con algunos dedicados a mi, je). Recuerdo que la tarde en que me di cuenta que me había enamorado de ella, empecé a escribir su nombre en la parte trasera del asiento de una coaster a efectos de saber a ciencia cierta la magnitud de aquella sensación, entonces desconocida, que de pronto me embargaba. Cada vez en caracteres mas grandes. Cuando reparé que todo el espacio que me brindaba el dorso de aquel asiento no era suficiente, eché a llorar y decidí asumir la situación con la brillantez propia de un adolescente: me entregué al alcohol con mis amigos... Podría escribir mil líneas acerca de cómo fue que tres meses después, aquella mujer que me parecía inalcanzable en un principio, terminó enamorándose de mi y de lo feliz que jamás fui. Sobre como fue que seis meses después le pedí que estuviera conmigo, sobre los planes que hicimos para nuestro futuro. Sobre lo devastado que quedé cuando la relación llegó a su fin dieciocho meses después. Sobre lo mucho que me costó olvidarla (casi 5 años) y lo mas importante, sobre las cosas que aprendí de aquella primera relación amorosa, que marcó definitivamente mi vida para siempre. Pese a que han transcurrido más de ocho años desde aquel entonces, y lo distintos que quizás seamos ella y yo ahora de nuestras identidades pasadas, admito que sigo sintiendo cierta nostalgia mezclada con tristeza al recordar que tanto amor no llegó a concretarse en un final feliz. Sin embargo, hace mucho que dejé de culparme por eso, como seguramente ella también lo ha hecho. Actualmente ella es publicista y mamá de una preciosa niña, cuyo nombre es una canción de The Beatles. La próxima vez que la vea le invitaré un tomar un café, le haré leer estas breves líneas y le desearé toda la suerte del mundo. Donde quiera que estés hormiga, siempre seré tu incondicional amigo, y como dijo Benedetti, sabes que puedes contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez, sino contar conmigo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

MALA SANGRE - LA LIGA DEL SUEÑO


Hola. Mi nombre es Alexandro, tal como lo decidieron mis padres veintitantos años atrás. Con el transcurso de los inviernos, el mismo derivó en un sinnúmero de variantes fonéticas para terminar finalmente reducido a una expresión minimalista, "Lex", que es como me llaman actualmente mis mejores amigos. Estudié Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), a pesar que siempre me sentí atraído por las especialidades propias de las Ciencias de la Comunicación y las Humanidades. Fue por eso que pensé en abandonar la carrera en mas de una oportunidad, sea tentado por la Historia, la Psicología, o la Publicidad, o por las gringas y el dinero fácil que gané alguna vez en EEUU. Mas siempre terminé siendo convencido por mis padres, que decían que como abogado tendría mas oportunidades de tener una vida económicamente tranquila en el Perú. Sin embargo, a pesar de mis dudas vocacionales, jamás me arrepentí de haber estudiado en la PUCP (porque mi madre quiso que fuera a San Marcos y mis amigos del colegio me esperaban en la U de Lima). No exagero cuando digo que ese enorme parque sanmiguelino de jardínes regados con desagüe, animalitos de cuentos de hadas, gente extraordinariamente diversa y vida sociocultural intensa, le dio un significado a mi vida. En particular, siento mucha nostalgia por esa breve pero colorida temporada en Estudios Generales Letras a inicios del nuevo milenio, donde la sucesiva descarga eléctrica de filosofía, poesía, política, sexualidad, música y alcohol que recibí, me hizo abandonar para siempre los viejos paradigmas, cual Neo saliendo de la Matrix, heredados de la educación familiar tradicional y el colegio presbiteriano. Lamentablemente estando en Facultad las cosas cambiaron, de pronto tuve la necesidad de volver a reengacharme con el sistema. Así todo se volvió rutinario, gris, monótono, y terminé detestando a los abogados (pese a que muchos de mis mejores amigos lo son). Conocí también el amor en la PUCP, gracias a una excéntrica y linda poeta hippie en Letras, sentimiento que desde entonces nunca dejó de atormentarme y que ha servido para justificar cada una de las decisiones que he tomado en la vida. Sin embargo, lo mas importante es que ese período en la universidad me sirvió para poder conocerme a mi mismo, para terminar por definir mi identidad y mis ideas. Que puedo decir de mi mismo? Puntualmente:
1. Me gusta la Música por sobretodas las cosas. Me hubiera gustado aprender a tocar profesionalmente algún instrumento y ser un rockstar rodeado de lindas groupies (yeah!), mas nunca pasé de tocar Nirvana o Mar de Copas (ra-ra-ra-ra-ramera) con la guitarra acústica en mi adolescencia y ahora tengo que conformarme con vivir conectado al reproductor Mp3 cual cordón umbilical, y con asistir a todos los conciertos que pueda. Ya vi a Oasis, solo faltan Depeche, Morrisey y los Smashing.
2. Asumí que no me quedaba otra sino ser agnóstico, debido a los libros de Nietszche y mis tres intentos fallidos de Confirmación Católica, donde las respuestas obtenidas de los ocasionales catequistas me dejaron mayores dudas. A eso habría que sumarle la indignación que me generan las opiniones intolerantes y monocentristas de muchos seguidores de la fe, así como la indiferencia de las autoridades de la Iglesia frente al dolor del mundo. Lo mas cercano a una experiencia espiritual auténtica la viví frecuentando Krishnas en Ancón, o sino viajando por los Andes del Perú, escuchando melodías que recogen las tristezas y nostalgias de una tradición milenaria que ha sabido perennizarse en el tiempo. Finalmente, he llegado a considerar que quizás si existe un Dios que es amor cada vez que escucho My Sweet Lord de George Harrison.
3. Soy bastante torpe con las mujeres, no sé gilear. Estudié en un colegio de hombres y no tuve amigas sino hasta la academia preuniversitaria. Mi primera enamorada me cayó del cielo, luego de haber estado durante meses no haciendo mas que mirarla y siendo su paño de lágrimas a causa de otros tipos, hasta que un buen día se dio cuenta de lo que sentía (o mejor dicho me delataron) y decidió ponerme en aprietos. A pesar de lo anterior, la vida me dio la oportunidad de romper algunos corazones. El despecho producto del primer rompimiento y la vorágine psicodélica en la que me encontraba a los 19 despertaron en mi al cazador, al pendejo que llevamos todos los hombres dentro, cual condición innata a nuestra calidad de tales. Fue cuando empecé a tener las aventuras que siempre había soñado de adolescente. Sin embargo, la vida, tan irónica y sabia, se encargaría de mostrarme pacientemente que al final de cada recorrido, al final de cada viaje emprendido, siempre terminamos regresando al mismo punto de partida. Esto porque la vida es cíclica, que por mas cosas que hayamos aprendido, hayamos hecho, hayamos adquirido, nunca perderemos nuestra esencia. Con esto quiero decir que a mis veintitantos, que escribo este blog desde la oficina sanisidrina donde trabajo como asesor legal, sigo siendo el mismo adolescente lorna y freak que veía todos los días "Caballeros del Zodiaco" en la TV después del colegio, y jugaba con la guitarra de aire imaginando por un momento ser Noel Gallaguer (my guitar hero de entonces).