
Recuerdo bien aquella tarde de verano en que la conocí. Acababa de cumplir 17 años, de ingresar a Estudios Generales Letras de la PUCP y en dicha ocasión me encontraba en la primera clase del curso de Introducción a las Ciencias Sociales. Luego que la profesora nos detallara el contenido del mismo y la metodología de calificación, dispuso que todos nos organizáramos en grupos de seis alumnos. Junto a mis compañeros de banca, que éramos tres personas, buscamos entre la multitud de cachimbos a potenciales compañeros de grupo y así entre la muchedumbre, divisé a Pipina la breve, la bajita, mi amiga de la Pre, que se encontraba sentada adelante junto a un tal José Luis (mas adelante conocido como "el cura") y a una niña desconocida, bastante pálida, delgada, de sonrisa enorme, gafas con montura de carey y apariencia bastante bizarra. Con el correr de las clases y las primeras tertulias, descubrí que ella gustaba mucho de leer y escribir poesía (recuerdo su famoso cuaderno naranja), que amaba la música de los sesentas, pero sobretodo a los Beatles y Janis Joplin. Que estuvo en un cole de mujeres, que venía de romper con quien fuera su primer enamorado (un pelucón, baterista de una banda sin propósito) y que se propuso luego conquistar al muchacho mas nerd de la clase con un noble fin: demostrarle al mundo que aquel ser miserable era también un hombre. Formamos parte del mismo grupo de amigos y al poco tiempo, nos volvimos inseparables. Yo, que recién acababa de salir de la caverna, encontré en ella a una maestra, a alguien con un sinnúmero de anécdotas e ideas relacionadas a la vida, al arte, la música, el amor, el sexo. Una artista que no temía expresar sus ideas y mostrarse al mundo tal cual es, llegando a estar considerada entre las mujeres más raras de la facultad y generando por tanto la curiosidad de más de un afanador. Ella encontró en mí al cómplice que siempre estaba allí para escucharle decir esos comentarios que nadie entendía, verla llorar a causa de sus tragedias amorosas y familiares, y hasta para ponerle títulos a sus poemas, con los cuales ganó un segundo lugar en los Juegos Florales de la PUCP (con algunos dedicados a mi, jeje). Recuerdo que la tarde en que me di cuenta que me había enamorado de ella, empecé a escribir su nombre en la parte trasera del asiento de una combi a efectos de saber a ciencia cierta la magnitud de aquella sensación, entonces desconocida, que de pronto me embargaba. Cada vez en caracteres mas grandes. Cuando reparé que todo el espacio que me brindaba el dorso de aquel asiento no era suficiente, eché a llorar y decidí asumir mi situación con la brillantez propia de un adolescente: me entregué al alcohol con mis amigos... Podría escribir mil líneas acerca de cómo fue que tres meses después, aquella mujer que me parecía inalcanzable en un principio, terminó enamorándose de mi y de lo feliz que jamás fui. Sobre como fue que seis meses después le pedí que estuviera conmigo, sobre los planes que hicimos para nuestro futuro. Sobre lo devastado que quedé cuando la relación llegó a su fin dieciocho meses después. Sobre lo mucho que me costó olvidarla y lo mas importante, sobre las cosas que aprendí de aquella primera relación amorosa, que marcó definitivamente mi vida para siempre. Pese a que han transcurrido más de ocho años desde aquel entonces, y lo distintos que quizás seamos ella y yo ahora de nuestras identidades pasadas, admito que sigo sintiendo cierta nostalgia mezclada con tristeza al recordar que tanto amor no llegó a concretarse en un final feliz. Sin embargo, hace mucho que dejé de culparme por eso, como seguramente ella también lo ha hecho. Actualmente ella es publicista y mamá de una preciosa niña, cuyo nombre es una canción de los Beatles. La próxima vez que la vea le invitaré un tomar un café, le haré leer estas breves líneas y le desearé toda la suerte del mundo. Donde quiera que estés hormiga, siempre seré tu incondicional amigo, y como dijo Benedetti, sabes que puedes contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez, sino contar conmigo.

